Ecoteología
Ecos de la esperanza: cuando la Creación pasa por el cuerpo 

Ecos de la esperanza: cuando la Creación pasa por el cuerpo 

«La esperanza activa no es algo que se siente; es algo que se hace». 

Joanna Macy 

Durante tres días, el Centro Emmanuel se convirtió en un espacio de encuentro, experimentación y creación colectiva. La segunda edición del Recuménico, realizada del 24 al 26 de julio, reunió a personas vinculadas a distintas comunidades e iglesias para explorar una pregunta común: ¿cómo puede la creación artística ayudarnos a renovar nuestro vínculo con la Creación y a encarnar una esperanza que no permanezca solamente en las palabras? 

Lo ecuménico tomó forma en la experiencia de habitar juntas y juntos un territorio: caminarlo, escucharlo y dejarnos interpelar por sus voces. Cuerpos, historias y sensibilidades diferentes entraron en relación con una misma tierra, reconociéndose parte de una red de vida mucho más amplia. 

Desde el comienzo quedó claro que no se trataba de asistir a un taller para aprender una técnica artística. La invitación era entrar en un proceso creativo, corporal y comunitario, sin saber de antemano cuál sería su resultado. La creación no aparecería como un producto previamente definido, sino como algo que podía emerger de la escucha, de la convivencia y de aquello que la Creación fuera despertando. 

Un territorio compartido 

Cada participante llegó con un pequeño objeto que le recordaba la esperanza: una semilla, una piedra, una hoja, una fotografía o algún elemento proveniente de su propio territorio. Al colocarlos juntos, esos objetos fueron formando un altar colectivo. 

No se trataba de representar una esperanza abstracta. Cada objeto hablaba de una casa, de una historia y de un cuerpo concreto. Al reunirse en un mismo centro, dejaron de ser recuerdos individuales para convertirse en un territorio compartido. 

El altar permaneció abierto durante todo el encuentro. Podía modificarse, recibir nuevos elementos o cambiar de forma a medida que la experiencia avanzaba. De esta manera, la esperanza no aparecía como algo terminado ni inmóvil, sino como una práctica que se alimenta, se revisa y se deja transformar por lo vivido. 

También la respiración fue parte de esta apertura. Inspirar y exhalar juntos permitió reconocer que no existe una respiración completamente privada: el aire que entra en nuestros cuerpos circula también entre las hojas, los árboles, los animales y las demás personas. El ruach bíblico, aliento, viento y espíritu, nos recordó que compartimos una misma corriente de vida. 

Dejarse inspirar por la Creación 

La mañana del sábado comenzó con una recorrida ecoteológica por el Centro Emmanuel. Antes de componer una canción o crear una escena, había que caminar, tocar, observar y dejarse afectar. 

La biodiversidad del invernáculo, las pilas destinadas a la salud del suelo, el compost, el tambo, la decantación del agua, la rotación de los cultivos, las especies nativas, la huerta y el jacarandá fueron algunas de las estaciones del recorrido. Cada espacio permitió acercarse a principios de la agroecología como la diversidad, las sinergias, el reciclaje, la eficiencia, la cocreación, la soberanía alimentaria, la territorialidad y la participación.  

Pero la recorrida no buscaba solamente transmitir información. Las bitácoras acompañaron el camino con preguntas y registros de aquello que iba resonando: ¿qué sentimos al tocar el compost?, ¿qué nos enseña un suelo vivo?, ¿qué formas de cooperación pueden observarse en un ecosistema?, ¿qué imágenes, sonidos o movimientos despierta este territorio? 

Primero caminamos. Después aparecieron los otros lenguajes. 

Mientras avanzábamos entre cuerpos humanos, vegetales, animales y territoriales, se fueron abriendo caminos para expresar lo vivido. La música y el teatro no fueron recursos añadidos para ilustrar una reflexión formulada previamente. Surgieron de la experiencia y se convirtieron en lenguajes capaces de abrir sentidos, movilizar el cuerpo y expresar aquello que muchas veces no puede nombrarse únicamente con palabras. 

La recorrida exterior dio lugar así a recorridos interiores. Al observar a la Creación, también comenzamos a mirar nuestros vínculos con la tierra, con los demás seres vivientes, con nuestras propias marcas, con la vulnerabilidad y con la esperanza. 

Hacer pasar la naturaleza por el cuerpo 

Luego de la caminata, la experiencia continuó en los llamados nidos artísticos. Algunas personas profundizaron en la música y la composición; otras trabajaron desde el teatro y la expresión corporal. 

En el espacio escénico se propuso hacer pasar la naturaleza por nuestros cuerpos: experimentar cómo se siente ser agua que corre, cae o se estanca; árbol que crece o atraviesa una sequía; suelo fértil o territorio herido. Los movimientos individuales comenzaron a relacionarse entre sí hasta formar pequeños ecosistemas corporales. 

La pregunta ya no era solamente cómo representar la naturaleza, sino cómo permitir que sus dinámicas atravesaran nuestros cuerpos. ¿Cómo conviven las diferentes partes de un ecosistema? ¿Qué ocurre cuando un cuerpo reacciona ante el movimiento de otro? ¿Qué relaciones de cuidado, tensión, dependencia o resistencia aparecen? 

Desde el teatro aparecieron distintas mujeres poniendo voz y cuerpo a los mandatos sociales que atraviesan sus vidas: cuidar, sostener, producir, responder y continuar, incluso cuando el cansancio ya se vuelve insoportable. Esos mandatos no recaen solamente sobre los cuerpos de las mujeres. También la tierra es obligada a producir sin descanso, a rendir cada vez más y a ser explotada como si sus ciclos y sus límites no importaran. En escena, el agotamiento de los cuerpos y el agotamiento de la tierra se encontraron, revelando una misma lógica que exige, consume y desgasta. 

En el espacio musical, las palabras recogidas durante el camino comenzaron a encontrar ritmo, melodía y voz. Entre los fragmentos surgidos durante el proceso apareció esta creación: 

Voy resistiendo, 
mis marcas llevan su color. 
Amiga del viento, 
decime dónde está tu voz. 

No lo pude escuchar, 
no lo pude escuchar: 
cosas del viento. 

Madre de la ecología, 
escuchá lo que te pida. 

Qué desconcierto, 
no lo fueron a buscar, 
no lo fueron a buscar. 

Qué desconcierto: 
dice que quiere reciclar, 
está fuera de lugar, 
un loco suelto. 

La canción recoge algo central de la experiencia: la dificultad de escuchar las voces de la Creación en una sociedad que frecuentemente considera fuera de lugar a quienes intentan cuidarla. Quien habla del reciclaje, defiende un árbol o cuestiona una práctica destructiva puede ser tratado como alguien desubicado, exagerado o incluso “loco”. Sin embargo, esa aparente locura también puede contener una forma de lucidez y resistencia. 

Crear sin garantías 

La propuesta estuvo atravesada por la idea de esperanza activa desarrollada por Joanna Macy. Esta esperanza no consiste en confiar ingenuamente en que todo saldrá bien. Tampoco depende de sentirnos permanentemente optimistas. Nace del compromiso con la vida y de la decisión de actuar aun cuando no podamos garantizar los resultados. 

Esa comprensión fue también la metodología del encuentro. No sabíamos exactamente qué canciones, escenas o movimientos iban a surgir. Era necesario sostener la incertidumbre, confiar en el proceso y permitir que cada aporte modificara al conjunto. 

La creación fue comunitaria porque ninguna obra pertenecía completamente a una sola persona. Una palabra escrita en una bitácora podía transformarse en el verso de una canción; un movimiento individual podía provocar una escena colectiva; una imagen encontrada durante la caminata podía reaparecer después en la música o en la celebración. 

Así, las artes fueron entrelazándose hasta desembocar en un sarau: un espacio compartido donde las distintas expresiones confluyeron sin perder sus particularidades. Más que presentar productos terminados, se compartieron huellas de un camino recorrido en común. 

Una liturgia que nace de la tierra 

El Recuménico también permitió ampliar nuestra comprensión de la liturgia. Antes de convertirse en palabra organizada o rito, la liturgia pasó por la respiración, la caminata, la tierra, el movimiento, la música y la vulnerabilidad. 

La Santa Cena celebrada en la huerta condensó esta experiencia. El cuerpo de Cristo fue compartido por medio de un pétalo de caléndula, una hoja de cilantro y una hoja de lechuga. La mesa no estaba separada del suelo que produce los alimentos ni de los cuerpos que los cultivan. 

El gesto nos invitó a reconocer que la Creación no es simplemente el escenario donde se desarrolla la salvación humana. Forma parte de la comunión, del cuerpo y de la promesa de vida. Si la tierra alimenta nuestros cuerpos, también puede enseñarnos algo acerca de la gracia, la interdependencia y el cuidado. 

Durante esos tres días, la esperanza tomó muchas formas: un objeto colocado en el altar, una respiración compartida, una mano hundida en el compost, un cuerpo que se volvió agua, una melodía todavía incompleta, una escena que incomodó y una mesa preparada entre las plantas. 

Quizás allí resida uno de los aprendizajes centrales del encuentro: la esperanza activa no necesita comenzar con una gran respuesta. Puede empezar cuando nos detenemos a escuchar aquello que antes no podíamos escuchar; cuando dejamos que la Creación pase por nuestros cuerpos; cuando nos reunimos para imaginar, crear y actuar. 

Y cuando una voz pregunta: «Amiga del viento, decime dónde está tu voz», tal vez la respuesta no llegue como una explicación. Tal vez aparezca como un eco que continúa resonando en nuestros cuerpos, nuestras comunidades y nuestros territorios. 

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