Escuchar donde la tierra respira

Un retiro sobre la Creación que nos devolvió la capacidad de asombro (28 al 30 de noviembre, Colonia Valdense)

Hay experiencias que no se pueden contar cronológicamente, porque no suceden “en orden”. El RECuménico fue una de ellas. No ocurrió del viernes al domingo, sino en esa zona intermedia donde el cuerpo escucha, la tierra habla y la comunidad descubre que está tejida por los mismos hilos invisibles que sostienen el bosque.

La Creación no fue un tema: fue una maestra.

Nos mostró algo que intuíamos, pero no sabíamos nombrar: que toda liturgia nace primero en la tierra, antes que en los libros; que antes de cualquier palabra, siempre hubo un soplo, un ritmo, un temblor.

En el retiro no “aprendimos nuevos cantos”: recordamos lo que la creación venía tarareando en nosotros desde antes. Comprendimos que la espiritualidad no se fabrica: se desvela. Y para desvelar, hay que bajar. Al polvo, a los silencios, al micelio que trabaja en lo oculto.

Una espiritualidad del suelo

Hubo un gesto que se repitió casi sin darnos cuenta: personas inclinándose, tocando la tierra, apoyando el oído sobre ella. Parecía algo sencillo, pero era una confesión compartida: no sabemos nada si no volvemos al origen.

Descubrimos que el suelo no es escenario, sino sujeto; que la vida no empieza en la superficie, sino en la trama subterránea que sostiene lo visible.

Comprendimos también que la fe se parece más a un humus fértil que a una estructura rígida. Que una liturgia viva necesita humedad, nutrientes y tiempo; pero también restos, despojos, compost. Aquello que fue, y al transformarse, vuelve a dar vida.

Varios participantes lo expresaron sin saber que se estaban completando mutuamente: “La liturgia es un orden vivo.”

“La tierra tiene memoria.”
“Cuidar la Creación es adorar al Creador.”

En cada frase aparecía la misma intuición: el suelo, como Dios, trabaja en silencio y nunca deja de generar vida.

El micelio: una teología de lo invisible

Entre todas las imágenes compartidas, el micelio se volvió central. Ese tejido subterráneo que conecta raíces y distribuye nutrientes se volvió una metáfora viva de la experiencia espiritual: somos distintos, pero estamos vinculados por una misma trama de vida.

En esa red, el ecumenismo dejó de ser una idea para convertirse en experiencia. Personas de distintas iglesias descubrieron que la diversidad no es un obstáculo: es la condición de una comunidad fértil.

La ecoteología apareció entonces como algo profundamente corporal. Dios no solo crea vínculo: es vínculo. Y cuando entramos en esa dinámica, la comunión deja de ser un esfuerzo y comienza a brotar.

Si el retiro tuviera una imagen, sería esa: un micelio extendiéndose sin saber dónde empieza ni dónde termina, compartiendo nutrientes, sosteniendo, haciendo circular la vida.

Eso fue el ecumenismo en esos días: no un acuerdo institucional, sino la constatación profunda de que ya estábamos conectados antes de vernos. Que la fe, cuando se libera del miedo y la competencia, se comporta como un bosque: tiende puentes, comparte luz, distribuye lo que hace falta.

Por eso sorprendió tanto ver a personas de historias y tradiciones distintas creando juntas. No buscando consenso, sino componiendo desde la diferencia. La diversidad dejó de ser amenaza y se volvió riqueza biológica y espiritual.

El arte como forma de oración

No hicimos canciones: las canciones nos hicieron a nosotros.

A veces nacían en un fogón, otras en una caminata nocturna, otras entre el canto de los pájaros. El arte apareció como aparece la lluvia en verano: inesperado, necesario, abundante.

Más de uno dijo, casi con timidez: “Me sorprendió cómo pequeños gestos, un silencio, un movimiento, pueden abrir lo sagrado”.

Quizás porque comprendimos algo esencial: que la creatividad no es una capacidad individual, sino una respiración compartida. Una manera de permitir que la creación encuentre cauce en nuestras voces.

Escuchar fue el verdadero trabajo

Si algo dejó este retiro fue una forma de escuchar. No solo con los oídos, sino con la piel, el cuerpo y la memoria. Una escucha que se parece tanto a la fe como al compost: lenta, paciente, abierta a la transformación.

Por eso, cuando llegó el momento de grabar, escribir o compartir, ya no importaba qué había hecho cada quien. La obra era comunitaria porque la experiencia había sido comunitaria desde la raíz.

Un cierre que es comienzo

Tal vez eso sea lo más valioso del RECuménico: que no terminó en el Centro Emmanuel. Sigue latiendo en las iglesias, en los caminos, en quienes cantan y en quienes ahora escuchan distinto.

Porque descubrimos algo que transforma la fe: la creación no es un entorno. Es un lenguaje. Y cuando aprendemos a escucharlo, comenzamos a comprendernos mejor a nosotros mismos, a los demás y a Dios.

Desde entonces, caminamos con más atención. A veces, incluso, volvemos a inclinarnos. Y apoyamos el oído en la tierra, que sigue respirando.

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