Cuando la fe se vuelve tejido 

Recorriendo los talleres sentipensantes 2025

Durante el 2025, el equipo de Ecoteología decidió hacer algo poco frecuente en tiempos de prisa: detenerse

Hacer silencio, volver al pulso del propio cuerpo y al pulso de la comunidad. 
Reunirse no solo para planificar actividades, sino para preguntarse, con honestidad y ternura, quiénes somos cuando decimos que hacemos ecoteología. 

Fue un año para reaprender a creer, para afinar el oído interior, para volver a mirar la Tierra y descubrir en ella un espejo de nuestra espiritualidad cristiana. Un año para sentipensar, como enseñan las memorias que resuenan no solo en el Centro Emmanuel sino en los distintos territorios que habitamos.  

Un año para volver al origen para seguir caminando 

Cada encuentro fue una pequeña vigilia, un espacio de pan compartido y preguntas que no buscan respuestas rápidas. Nos preguntamos: 

¿Qué nos dicen nuestras manos cuando tocamos la tierra? ¿Qué oración nace de los pies cansados? ¿Dónde sentimos a Dios cuando el mundo se desordena? 
¿Cómo se construye comunidad cuando las certezas ya no alcanzan? 

Las preguntas no vinieron de la teoría, sino del territorio interior de cada uno y una. Y al ponerlas en común, como semillas que se entregan a la tierra fértil, descubrimos que nuestra espiritualidad necesitaba expandirse, romper viejos moldes y recuperar lenguajes que habitan más allá del culto y del discurso. 

Espiritualidad: cuando el cuerpo ora 

El primer encuentro nos recordó que la espiritualidad no vive en las alturas, sino en la piel. Nos tocamos el pecho para sentir el ritmo del corazón. Hicimos percusión con las manos y descubrimos que cada golpe era un “aquí estoy”. Caminamos en silencio y escuchamos cómo el viento decía lo que nuestras palabras aún no encontraban. 

Comprendimos que la espiritualidad también es corporal, que Dios se nos revela en la respiración, en la fragilidad, en la memoria de lo que duele y también en la fuerza que sostiene. Que volver a Jesús es volver al gesto, al tacto, a la encarnación concreta de la esperanza. 

La Creación: la primera Biblia 

El segundo taller del año nos llevó a reescribir el relato de la Creación. Leímos Génesis no como un texto antiguo, sino como un llamado urgente a custodiar la vida. 

Nombramos la Tierra como sujeto, como hermana, como maestra. Hablaron los cuerpos-territorio, hablaron los ecosistemas heridos, hablaron nuestras propias historias. 

Allí comprendimos que la ecoteología no es un “tema”, sino una forma de conversión:  volver a mirar el mundo como sacramento, y volver a dejarnos afectar por lo que Dios ama. 

Ecumenismo: el arte de abrir la mesa 

El tercer taller nos invitó a recordar que seguir a Jesús es siempre ampliar la mesa, romper fronteras, escuchar otras voces.  

Hablamos de ecumenismo no como un acuerdo doctrinal, sino como una forma de hospitalidad espiritual: permitir que el otro, con su tradición, su experiencia, su herida, su fe, nos revele un rostro nuevo de Dios. 

En esa conversación, entendimos que nuestras luchas por justicia climática, por dignidad humana, por paz y por igualdad, también son caminos ecuménicos. 
Que la teología se hace más fiel cuando se deja tocar por otras espiritualidades que respiran en este territorio. 

Casa Común: un canto que no es solo nuestro 

En el cuarto encuentro nos volvimos sonido. De a poco, cada uno y una dejó brotar un murmullo: un pájaro, una lluvia, un río, un suspiro. Y esos sonidos se fueron entrelazando hasta formar una orquesta de vida, un paisaje sonoro donde la Tierra misma participaba. 

Ahí entendimos algo más profundo que cualquier teoría: que la Casa Común no es una metáfora, es una pertenencia; que no estamos sobre la Tierra, sino dentro de ella; 
que el aire que respiramos es comunión, y la justicia climática es una forma de Evangelio. 

Construimos entonces un árbol, hecho de papel, colores y anhelos, donde cada hoja cargaba un compromiso. Era una liturgia sencilla, pero nos recordó que la fe florece cuando se vuelve gesto colectivo. 

Un año para recordar quiénes somos 

Cuando cerramos el ciclo, no teníamos conclusiones definitivas. 
Pero sí teníamos algo mucho más valioso: 
un tejido más firme entre nosotras, 
un lenguaje más honesto, 
una espiritualidad más amplia, 
y una fe más encarnada. 

2025 fue un año donde la ecoteología salió del escritorio y volvió al cuerpo. 
Donde las preguntas fueron oración. 
Donde la Creación nos predicó. 
Donde el Espíritu sopló en comunidad. 

Y descubrimos que hacer ecoteología no es agregar algo a la fe, sino dejar que el Evangelio vuelva a respirarse en la Tierra. 

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