Jeremías comprende las señales y anticipa la invasión (…) En nuestro tiempo, existen voces que encienden la alarma sobre otras disputas y conflictos, de modelos de producción que avanzan sobre el cuerpo de la Creación. Son voces muchas veces desestimadas o burladas, en las que tam¬bién está presente la angustia y el desconcierto.

 

Compartimos la participación que tuvo el Centro Emmanuel en el número 89 de la Revista de Interpretación Bíblica Latino-Americana (RIBLA), recientemente editado. La reflexión que sigue es fruto de la experiencia acumulada del Centro en su labor con familias productoras rurales de la región de Colonia, Uruguay, y el pienso ecoteológico como parte de un horizonte compartido.

 

De suelos y entrañas. La profecía de Jeremías en la sensibilidad de lo rural.

Juan Javier PIOLI (en Revista RIBLA Nº. 89)

Tierrita pobre y sufrida

juntos nos fuimos gastando,

el mismo surco a los dos nos fue quemando.

(“Tierrita poca”, de Alfredo Zitarrosa)

Resumen

El suelo y las entrañas son un símbolo poderoso para la literatura profética. Como los cielos, las aguas y los montes, el cuerpo del profeta y el cuerpo de la tierra son lugares –loci– en los que ocurren señales. En ellos se encarna el mensaje profético.

En los últimos siglos, una hermenéutica espiritualizante y dualista de la Biblia despojó a los cuerpos de su capacidad para hablar. En estas interpretaciones, la experiencia sensible tomaba un lugar secundario, como mero medio para el mensaje y no como lugar teológico. En este artículo proponemos un recorrido por un texto conmovedor, en el que el anuncio se imprime en el cuerpo del profeta y en el de la tierra. Esta mirada busca devolver su autoridad al cuerpo de la Creación y al de quienes son sensibles a las manifestaciones de la naturaleza. En especial, nos interesa buscar los puntos de encuentro entre las voces presentes en el texto, y las de quienes hoy viven en, de y a través de la tierra.

Palabras clave: ecoteología, agroecología, ruralidad, hermenéutica, Jeremías 4:19-29.

 

INTRODUCCIÓN

Leer los textos proféticos es una invitación a releer nuestra vida y la de nuestras comunidades. En Jeremías, la voz del profeta exhuma nuestros recuerdos y despierta la sensibilidad del presente. Un profeta que llora y clama, que siente el dolor en su cuerpo, que experimenta la contradicción y la tensión de su tiempo, es un actor que no puede producir indiferencia. Jeremías tiene visiones, comprende las señales del presente, y eso le genera una catarata de emociones. Podemos empatizar con Jeremías porque con sus altibajos, dudas y exabruptos se nos presenta como un profeta humanizado. Alguien como nosotros/as.

LOS CONTEXTOS: la sombra desde la que leo

Lo que escribo aquí es una reflexión y un sentir en contexto. Mis intuiciones, las visiones y miradas sobre el presente están marcadas por mi experiencia particular y mi sensibilidad. Mi hermenéutica del texto carga con esta experiencia acumulada, única e intransferible, que se enriquece y complementa con la de quien ahora lee estas palabras y vuelve a Jeremías, con su mirada y sus preocupaciones.

Escribo estas páginas luego de haber pasado horas de trabajo a la sombra de las anacahuitas. Trataba de componer una interpretación de Jeremías 4:19-29 en la que estuvieran presentes las voces de las familias del medio rural que han decidido valorar sus saberes e intuiciones e iniciar la senda de la Agroecología. También me sumerjo en las aguas de Jeremías y su tiempo, en el dolor desgarrador de la tierra que se tensa como el vientre de una mujer en trabajo de parto. Oigo en mi interior cascos de caballos y silbidos de las saetas, el grito de guerra, el silencio de lo que quedó, la voz quebrada, arenosa, de quienes lograron escapar y se refugian en el bosque.

Nuestra lectura de este pasaje es un acercamiento atravesado por un contexto particular: el del litoral sur uruguayo, un territorio marcado por la tensión entre lo urbano y lo rural, de varios modelos de producción que se entremezclan y generan un caleidoscopio de realidades que puede comprobarse con solo ver un mapa satelital. Estas líneas maduraron a la sombra de unas anacahuitas, que en Argentina llaman aguaribay y en la academia tratan de schinus molle. A pocos metros de mis pies, un maíz blanco criollo crece con dificultad; las hojas se pliegan y se enrollan sobre sí mismas como pidiendo misericordia al sol. Las zapalleras, siguiendo la sabiduría de su genética, se extienden para contener la humedad, pero cuando el sol del mediodía las ataca sus hojas languidecen. A mi izquierda los cítricos entregan hojas al suelo, se desprenden de flores y frutos como quien se quita el abrigo un día de calor. Todas estas son respuestas de autopreservación, formas adaptativas que algunas plantas tienen como estrategia para sobrellevar el estrés que genera el calor y el déficit hídrico.

Pero esos datos que me ofrece la naturaleza también son señales que puedo interpretar. Los sentidos son un regalo de Dios por el cual puedo reconocerme parte de la Creación e interactuar con ella; me proveen un caudal de información y estímulos que mi memoria preserva, relaciona y recrea. Así, el comportamiento de las plantas, las grietas en el suelo, los pozos y tajamares secos, la eutrofización de las aguas, los incendios forestales son señales de un presente complejo. En el caso uruguayo, hablan de una sequía persistente, de ríos y arroyos cuyo caudal depende del régimen de lluvias y de la capacidad de retención que tienen los ecosistemas acuáticos. Estas señales hablan de un problema de larga duración, relacionado no solo con el cambio climático a nivel global, sino localmente con modelos productivos que matan el suelo, presionan los ecosistemas de agua dulce y mutilan la biodiversidad, preparando el escenario para la supervivencia del más fuerte.1

Hemos elegido el texto de Jeremías 4:19-29 porque, más allá de las diferencias entre dos tiempos históricos, la visión del profeta y su carga emocional tiene puntos de contacto con las preocupaciones de personas y colectivos relacionados al medio rural y a las problemáticas socio-ambientales. En la voz de Jeremías, la gama de emociones y sensaciones están vinculadas a la inminencia de la guerra. Jeremías comprende las señales y anticipa la invasión, un panorama final de tierra asolada, vacío y muerte. En nuestro tiempo, existen voces que encienden la alarma sobre otras disputas y conflictos, de modelos de producción que avanzan sobre el cuerpo de la Creación. Son voces muchas veces desestimadas o burladas, en las que también está presente la angustia y el desconcierto.

En nuestro continente, un problema innegable es el acaparamiento de tierras, el triunfo del agronegocio y su tecnología, que avanza sobre los ecosistemas naturales. En la visión de Jeremías, Judá era asolada por los ejércitos babilonios y por su tecnología de guerra, transformada por sus políticas de ocupación territorial, de poblamiento y de generación de riquezas. En el escenario latinoamericano actual, de forma velada y progresiva los jinetes y arqueros modernos derriban el monte nativo, uniformizan el paisaje y desgastan el suelo, dejan el cielo sin pájaros y el campo sin habitantes, subalternizan al mundo campesino y lo despojan de sus saberes. Son jinetes que cabalgan de forma tan grácil y sus flechas son tan silenciosas, que el daño no se percibe de inmediato.

Elegimos este texto, además, porque en él Jeremías da a la naturaleza una voz con la que tenemos una deuda histórica. Según Neddy Astudillo, con el inicio de la Época Moderna el pensamiento cristiano fue abandonando una mística trinitaria que había dado a la naturaleza un lugar de importancia. La iglesia reconocía que el conocimiento de Dios también era accesible a través de la observación de la naturaleza, y por eso su estudio estuvo incluido entre los intereses de la teología. No obstante, a partir del siglo XVI surge una nueva mentalidad, marcada por la fe en el desarrollo de las ciencias y la tecnología, impulsada por la confianza en el progreso de la humanidad. Este paradigma se sostiene sobre la idea de desarrollo, acumulación y crecimiento constante, instrumentados a través del uso de la tecnología para la extracción de recursos. Aún hoy, se sigue concibiendo el bienestar como crecimiento ilimitado y no como vida en armonía, mientras muchas iglesias reproducen una teología del progreso, que ve en la acumulación una señal del favor de Dios.2 Este olvido de la naturaleza como lugar teológico y como fuente de inspiración ha empobrecido nuestras interpretaciones de la Biblia y ha desvalorizado la sensibilidad de las personas ligadas al trabajo manual, a la producción de la tierra y a la contemplación.

En cuanto al libro de Jeremías, su composición es el resultado de un proceso complejo, con modificaciones posteriores, reorganización de pasajes, reinterpretaciones elaboradas luego del exilio.3 Sobre la perícopa seleccionada, ella forma parte de una gran sección (cap.1 al 25) en la que predominan discursos poéticos, con oráculos y lamentaciones relacionadas a Judá y Jerusalén. El contexto narrativo corresponde al tiempo previo a la caída de Jerusalén (586 a.C) y la deportación de una parte de su población. Estamos en un escenario de inestabilidad, y Judá es un reino atenazado entre dos potencias en pugna: Egipto y Babilonia. El tramo comprendido entre los últimos años del s.VII, y la caída de Jerusalén en el 586 a.C. es un tiempo en el que Jeremías tiene una actividad muy prolífica. El texto elegido se sitúa en esta época, con agregados y modificaciones posteriores.4

La delimitación de este texto también es algo compleja. Algunas/os biblistas proponen un corte que comprende los versículos 19-31, otras/os ven los versículos 29-31 como una unidad separada, pero también hay quienes proponen analizar el capítulo 4 como un todo. Marjo Korpel, a su vez, se centra en los versículos 19-22 intentando reconocer cuál es la voz que habla en ese pasaje.5 Estas diferencias se relacionan con la especificidad de cada análisis. En este caso, elegimos Jer.4:19-29 porque allí las visiones y lamentos toman como punto de referencia la tierra y los fenómenos de la naturaleza, que afectados por la guerra, inician un ciclo de regresión. Lo singular de esta visión es que ella impacta en el cuerpo del hablante, mostrando una relación estrecha entre cuerpo y mensaje. Si bien el análisis podría incluir los versículos 30-31, en ellos la personificación de Sión representa un nuevo tema.6

Analizaremos ahora el mensaje de Jer. 4:19-29 como el resultado de la observación atenta, tanto de los fenómenos naturales como de los sociales. También veremos cómo el imaginario de la época y la sensibilidad campesina se cuelan en el relato, como símbolos a partir de los cuales se expresa la voz profética. Nuestra mirada pondrá énfasis en el suelo y las entrañas como dos lugares teológicos que, remitiendo al cuerpo humano y al cuerpo de la tierra, tienen voz en el texto y expresan sus señales. Son voces que han pasado desapercibidas para hermenéuticas en las que el centro estaba puesto en una relación celosa entre Dios y el pueblo. Desde la eco-teología, debemos apostar a hermenéuticas que rescaten la dimensión socio-ambiental, que sean sensibles a las señales del suelo y el rumor de las entrañas.

CAMPESINO, ¿YO?

Beatriz me espera en la ruta para acercarme hasta su casa, donde está su familia y vecinos de la zona. Estamos en Cosmopolita, una colonia surgida hace un siglo y medio con inmigrantes valdenses. Son descendientes de campesinos mayoritariamente pobres, una disidencia religiosa de origen medieval que pudo sobrevivir en tierras marginales de los Alpes, y que a mediados del siglo XIX migró a Sudamérica. En los relatos familiares está presente esa identidad, la conciencia de haber sido una minoría arrinconada entre las montañas, la lucha por la tierra y por la supervivencia de su cultura; las penurias de una economía familiar de subsistencia.7

Junto a familias de otras localidades, integran un grupo de tamberos que han iniciado una transición a la agroecología, un proceso que implica un trabajo de planificación y acompañamiento. Cuando me hablan de las razones que los movieron a esta decisión, sus argumentos los remiten nuevamente a esa sensibilidad campesina, de quien vive de, en y a través de la tierra. No son argumentos meramente técnicos ni racionales -que también tienen- sino que apelan a elementos subjetivos, de la experiencia personal y comunitaria: el sentirse ligados a ese suelo, la búsqueda de cierta coherencia con sus creencias, la percepción de contradicciones y desequilibrios, la valorización de lo comunitario, un sentido de responsabilidad sobre la vida que relacionan con los relatos de creación (Gn.2,15). También evocan experiencias de la niñez, de una crianza en la que aprendieron haciendo, participando de la economía familiar. Beatriz y Ana coinciden en un aspecto que las marcó:

-Desde chicas en nuestras familias nos han enseñado a cuidar. Te encargaban un animal que tenías que proteger y alimentar. Te enseñaban a plantar y estar ahí, cuidando esa plantita. Sentías que tenías una responsabilidad.

En sus relatos, la sensibilidad del mundo campesino está a flor de piel, revelando la memoria y la mirada de quien trabaja, reside y construye vínculos en el medio rural. El suyo no es el relato del estanciero ausentista, del técnico asalariado o del trabajador golondrina, sino el del campesino, que habita el suelo sobre el que trabaja, que está económica y ontológicamente ligado a él. Cuando afirman, como por obviedad, que “el trabajo los define”, reivindican la pertenencia a un ethos campesino.

Paradójicamente, cuando les pregunto si se perciben como campesinos/as, la respuesta demora y dicen que no. El concepto les parece lejano, ambiguo, “raro” para la realidad uruguaya. La respuesta no parece depender de la cantidad de hectáreas que una familia usufructúa, del régimen de tenencia de la tierra o del tipo de mano de obra que emplean. En general, la categoría de “campesino” es percibida en Uruguay como un concepto fuera de contexto, extraño. XXXXX

Para Gabriel Oyhantçabal, en Uruguay la categoría ‘campesinado’ ha sido abandonada a nivel político, social y académico. Si bien en casi todo el continente el concepto mantiene vigencia, aquí predominan las categorías de ‘pequeño productor’, ‘productor familiar’ o ‘agricultor/productor agropecuario familiar’. Siguiendo a este autor, la desaparición de aquel término en los programas gubernamentales y en el análisis académico lo llevaron al ostracismo general, y a que ocuparan su lugar otras categorías más amigables con el paradigma del capitalismo agrario. Una simple variación terminológica desterró un concepto que tenía un fuerte significado histórico, social y político, “llevándolo al museo” y sustituyéndolo por otro que supone una mayor integración a los circuitos económicos del agronegocio. Oyhantçabal señala que estas categorías no son neutras, y que detrás de su uso existen disputas ideológicas, por las cuales se critica o legitima un orden establecido.8

Por lo expuesto, resulta problemático para el contexto uruguayo hablar de hermenéuticas campesinas en sentido estricto, más aún si tenemos en cuenta la configuración del país desde comienzos del siglo XX. Aquí el proceso de modernización había introducido novedades jurídicas y tecnológicas que beneficiaron a la estancia-empresa ganadera, marginando otras formas de tenencia y de explotación (el minifundio, la propiedad comunal, etc.). El remanente indígena también había sido sistemáticamente combatido, y el llamado “pobrerío rural” fue incorporado en los circuitos económicos ligados a la estancia y al Estado: como mano de obra en la estancia ovina, en la producción agrícola o lechera, o engrosando el ejército y la policía.9 Esto, sumado a un marcado proceso de urbanización llevó a que en la actualidad la población rural no alcance el 10%. Hoy el paisaje rural está dominado por la estancia ganadera, las empresas forestales y la agricultura de exportación, y el Estado posee solo el 3% de las tierras de uso agropecuario, que arrienda a colonos. En este escenario, las explotaciones de escala familiar representan la “fracción pobre” del productor rural, un sector marginal y complejo cuya base es su propia fuerza de trabajo, complementada con mano de obra asalariada.10

Por otra parte, en una “región de cercanías” como es el litoral sur uruguayo, existe un vínculo dinámico entre el campo y la ciudad, de mutua influencia, de personas que residen temporariamente en el campo, que trabajan en el medio rural y urbano a la vez, o que viven en zonas periurbanas donde están presentes algunos patrones del medio rural. Esto nos lleva a proponer como perspectiva de análisis bíblico la idea de una sensibilidad ligada a lo rural, una mirada que dejaría a un lado la falsa dicotomía campo-ciudad y la discusión teórica sobre la naturaleza de lo campesino.

Esta aclaración tiene relación con Jeremías y la pregunta por la profecía desde el lugar del campesinado. ¿Qué autoridad tendría un profeta de Jerusalén -ciudad por excelencia en el contexto judaíta- para pronunciar un mensaje significativo para el medio rural? ¿No habría tenido más sentido hablar de Amós, profeta asociado al entorno pastoril, que cría ovejas, que tiene visiones de langostas y cestas de fruta, que critica el lujo de las ciudades? Jeremías no se autopercibe como campesino, reside en Jerusalén, está inserto en las redes de sociabilidad urbanas, cercano a las élites del templo y la corte. ¿Campesino, quién?

Su historia, sin embargo, supera las falsas dicotomías y simplificaciones que muchas veces repetimos al hablar de la relación entre lo urbano y lo rural. Aunque buena parte de su tarea se desarrolla en Jerusalén, Jeremías es nacido en Anatot, región cercana y con la que mantenía lazos familiares. En el capítulo 32 se relata el encuentro con su primo Hanameel, que le pide la compra del campo que había pertenecido al padre, tío del profeta. En el libro de Jeremías, la compra de la heredad tiene una función simbólica importante, como señal de esperanza en el futuro. Pero también nos dice algo sobre la condición social de Jeremías: el rescate de la heredad era una práctica frecuente en la época para proteger el patrimonio familiar, sobre todo entre un campesinado cuyo endeudamiento llevaba a la pérdida de la tierra y al acaparamiento por parte de mayores terratenientes. Hanameel no parece ser un gran propietario ausentista, sino más bien un pequeño propietario rural endeudado o sin descendencia, que recurre a Jeremías invocando la práctica del rescate de la heredad familiar.

Este y otros relatos indican que en Jeremías existe una visión más global sobre los problemas de su tiempo, que no se restringe a Jerusalén sino que incluye la sensibilidad y las preocupaciones de las economías pastoriles, de la pequeña aldea y de las ciudades menores, mucho más ligadas a lo rural. El lenguaje de Jeremías no es estrictamente urbano ni cortesano, sino que se mueve estratégicamente entre diferentes contextos, con una prosa y poesía en la que aparecen elementos del imaginario campesino, que enriquecen el mensaje y lo amplifican.11 Su discurso incorpora la dimensión de lo rural y de la naturalezal como lugar en el que ocurren señales, a través de los cuales se articula la profecía como denuncia y anuncio del plan de Dios.

CUERPO, TENSIÓN, CONTRADICCIÓN

¡Mis entrañas, mis entrañas! Me duelen las fibras de mi corazón…” (v.19)

En Jeremías 4, el versículo 19 marca el inicio de una unidad nueva, que tiene una estructura interna bien cohesionada. El texto inicia con una lamentación (vv.19-21), a lo que sigue una respuesta de YHWH (v.22, posiblemente una inserción posterior)12, luego la visión del caos (vv.23-28), otra visión de la invasión y el abandono de las ciudades (v.29), más un corolario en que el profeta se dirige a la personificación de Sión (v.30-31)

El versículo 19 tiene un valor literario sin par, caracterizado como un inicio abrupto, emocionalmente intenso, que preanuncia el mensaje. Este es un aspecto interesante incluso desde una mirada pastoral y humana. En el texto, Jeremías no organiza su mensaje siguiendo una secuencia cronológica lineal, sino que altera esa relación para anticipar el efecto que en él produce la visión del caos. Lo que ocurre en sus entrañas y su corazón no es un problema per se, es la forma en que su cuerpo reacciona ante el mensaje recibido, que evidencia la tensión y las contradicciones del presente, y la destrucción inminente.

En el texto hebreo, mēʿay refiere a las entrañas (con el posesivo ‘mías’), también al vientre, los intestinos o coloquialmente a las tripas. En la cultura hebrea de la época, las entrañas eran consideradas el asiento de las emociones, el lugar del que brotan los sentimientos. El término surge varias veces en la tradición profética: reaparece en Jer.31:20 para hacer referencia a YHWH, cuyas entrañas se conmueven en favor de Efraín; también en Is.16:11, donde las tripas de YHWH (¡interesante imagen!) suenan “como un arpa” que anuncia la destrucción de Moab. En Lamentaciones -atribuido al Jeremías exílico- el término mēʿay reaparece en un canto cuya voz es la personificación de Sión (1:20). Curiosamente este canto recuerda a Jer.4:19, porque aquí también está la dupla entrañas-corazón, lugar del que brotan emociones extremas:

Mira, YHWH, que estoy atribulada, que mis entrañas hierven;

mi corazón se trastorna dentro de mí, porque me he rebelado en gran manera”

Esta coincidencia abre la pregunta sobre cuál es la voz que clama en Jer.4:19-21 ¿De quién es el vientre y el corazón angustiado? ¿De quién son las tiendas y las cortinas destruidas? La interpretación más generalizada es que en este versículo quien habla es Jeremías; sin embargo, también hay argumentos válidos para sugerir que allí podría estar representada la voz de Sión, de Judá, de Dios o de la tierra misma. Se ha propuesto incluso una creativa reelaboración del texto, en la que todas estas voces se confunden generando un coro, una sinfonía agónica en la que el grito de cada personaje tiene un matiz diverso.13 Cualquiera de estas opciones tiene consecuencias hermenéuticas muy interesantes. Desde una mirada puesta en lo rural, imaginar el dolor de la tierra o de quien vive en ella habilita un acercamiento más sensible a las cuestiones socioambientales.

Los versículos 19-21 no corresponden con el género profético sino con la lamentación, una forma literaria en la que el hablante expresa un dolor personal que tiene un correlato con su entorno. No es un malestar individual. Si suponemos que en este pasaje la voz es la de Jeremías, interpretar las entrañas y el corazón en un sentido alegórico llevaría a una lectura que desvaloriza sus manifestaciones corporales, y su relación con las tensiones y contradicciones de su tiempo. En Jeremías, las entrañas y el corazón reaccionan al malestar social, en ellas se expresa el impacto del mensaje recibido, allí ‘se corporizan’ las tensiones internas (¿cómo lo digo?… ‘¡no callaré!’). En este versículo Jeremías da cuenta de la relación que existe entre el cuerpo personal y el entorno; su dolor es un dolor real, no es imaginado ni figurado, no es una mera somatización en el sentido banal y moderno.

En nuestro presente, los cuerpos también emiten señales. En las formas de sociabilidad del medio rural hay tópicos que se inscriben dentro de lo que podríamos llamar los ‘lugares comunes’ del habla cotidiana: el estado del tiempo -con lo que se inician muchas conversaciones- el estado de la caminería, los tajamares, problemas de mecánica o de los cultivos. Otro tema, de orden más social, se relaciona con la salud; las personas hablan en particular de las afecciones que derivan del trabajo: el dolor de cintura, la contractura, la insolación, el estrés. Cuando existe una relación más cercana se habla de problemas de salud que afectan a los vínculos comunes: enfermedades respiratorias o autoinmunes, reacciones alérgicas, personas en tratamiento oncológico o que experimentaron un accidente laboral. En estos casos, no es necesariamente el corazón o las entrañas las que hablan, pero se trata de afecciones corporales que expresan una situación que trasciende al individuo.

En un seminario de Agroecología realizado en 2022, la antropóloga Victoria Evia se refirió a las condiciones de vida de los trabajadores vinculados al cultivo convencional de soja, uno de los que requiere mayor cantidad de agroquímicos/agrotóxicos. En las entrevistas y observaciones de campo, notó que quienes se dedicaban a la aplicación de plaguicidas referían a padecimientos “reconocidos” y “aguantados” que asociaban directamente con la exposición a estos químicos.14 Se trataba de una población predominantemente masculina, de asalariados o pequeños capitalistas de empresas que prestan servicios agropecuarios en la microrregión de Dolores -suroeste uruguayo-, un territorio cuya dinámica tiene una base fuertemente agraria. Según la investigadora, quienes operan los “mosquitos” y los “aguateros”15 realizan esa tarea por necesidad económica, mientras no exista otra opción. Sin embargo, en un entorno en el que la tarea rural es una actividad socialmente reconocida, los efectos que sufre quien se expone a estos químicos muchas veces es valorado desde los patrones hegemónicos como señal de una masculinidad bien ejercida, ejemplo de un hombre “muy sacrificado” o “trabajador”.

En esta situación el cuerpo sufre los efectos de la intoxicación. Pero quien es sujeto de ese malestar no puede contarlo, porque vive en un sistema de valores y en medio de relaciones de producción que no pueden aceptar ese relato. En la Jerusalén de Jeremías, como en nuestra América actual, reconocer la relación entre el sufrimiento individual y las estructuras que lo generan significa aceptar las iniquidades del sistema. Es un golpe duro, difícil de aceptar. ¿No hundieron a Jeremías en una cisterna porque decía cosas inconvenientes? (38:1-6) Pienso entonces en las maestras de las escuelas rurales fumigadas, o en las familias que empiezan a verse cercadas por el monocultivo forestal, que seca sus pozos, que las invita a vender, que las hunde en una silenciosa sombra eucaliptada. Ellas tienen la visión de lo que vendrá, las tripas se les retuercen y el corazón se agita. Experimentan la tensión y la contradicción, entre el mensaje y sus resistencias, entre el dolor y el temor, entre lo que el cuerpo dice y lo que otros quieren silenciar. ¿Cómo gritar?

GÉNESIS EN ‘REVERSE MODE’

El motor, hijo de la Revolución Industrial (s.XVIII-XIX), amplió el horizonte de posibilidades para la transformación del paisaje. Para mejorar la producción y el transporte, el motor hizo posible la creación de nuevas redes de comunicación terrestre, fluvial y marítima, el dragado de los ríos, la creación de embalses, el desecamiento de pantanos y bañados para el crecimiento de las ciudades; también hizo más eficientes las prácticas de deforestación, para incorporar nuevas tierras a la producción de bienes industrializables. Con la ‘Revolución Verde’ (segunda mitad del s.XX), el motor de combustión permitió la extensión del cultivo de commodities, un bien preciado en el mercado internacional, que las potencias industrializadas necesitan para continuar su espiral de progreso. América Latina y el Caribe, su selvas, esteros, bañados y pasturas naturales, son ese territorio biodiverso sobre el que el motor del desarrollo puede actuar uniformizando el terreno y subalternizando identidades. Ese ejército de tractores y motosierras, camiones y mosquitos, portacontenedores y topadoras, avanzan como los ejércitos babilonios, dejando a su paso un caos homogéneo, una naturaleza simplificada.

En los versículos 23-28 Jeremías relata su visión y entonces comprendemos su angustia. El texto se parece al relato de Génesis 1 pero en sentido inverso: el profeta ve la tierra, los cielos, los montes, los collados, el ser humano, los campos fértiles, que inician un proceso de regresión y simplificación. Más que una reminiscencia de Génesis 1, lo que se ve es una reescritura en inverso. Estamos aquí ante una “hipérbole profética”, un recurso literario que se vale de la magnificación y la exageración como estrategia para presentar una situación extrema.16

Con la invención del motor, la mecánica acuñó la idea del ‘reverse mode’. Los ingenieros diseñan una secuencia de engranajes que permite a un vehículo o máquina volver hacia atrás sin que sea necesario cambiar la rotación del motor. Pero en el imaginario de Jeremías no existe la idea moderna de un movimiento en reversa, que deshace lo andado, como si los caballos pudieran moverse hacia atrás y empujar el carro de vuelta a casa (de hecho, en el enfrentamiento armado la retirada era una maniobra compleja). Obviamente, la idea del rebobinado, la secuencia cinematográfica en sentido inverso tampoco es un elemento frecuente en tiempos premodernos. Por eso es importante reconocer la espectacularidad de la secuencia narrativa que construye Jeremías, que presenta un relato inverso al de la creación de Dios, de regresión y vuelta al caos primigenio.

Podríamos hablar de este texto como un “relato de anti-creación”, del retorno a un desorden equiparable al caos primordial, el tōhû wābōhû de Génesis 1:2.17 Es interesante, pues Jeremías utiliza esa misma expresión con una intención evidente. A pesar del desorden, la “descripción del caos” sigue un patrón regular, ordenado según los días de la creación y articulado sobre la estructura “miré / y vi (que)”:

Miré a la tierra, y vi que estaba desordenada y vacía… (v.23)

Miré a los montes, y vi que temblaban… (v.24)

Miré, y no había hombre… ni aves… (v.25)

Miré, y vi que el campo era un desierto, (…) ciudades asoladas… (v.26)

En estos cuatro versículos, Jeremías está estableciendo una identidad entre la visión de la anti-creación y la guerra. Anti-creación y guerra son, en este discurso, dos caras de una misma moneda, consecuencia de la injusticia del hombre y de su rebeldía ante YHWH. Por contraste, creación y paz se identifican, y se corresponden con el relato del Génesis y la imagen de un Dios garante de vida.

Como vemos, los vv.23-26 deben ser leídos tomando como referencia el relato de Génesis 1, una narración que se evoca estratégicamente. Pero también es importante considerar en estos versículos otro recurso que proviene de la observación de los fenómenos naturales y sociales. En esta visión, Jeremías presenta los efectos de la guerra a través de signos que remiten a ella de forma tangencial. Si bien algunos versos atrás se hace referencia a la bandera y al sonido de trompeta, en el cuadro presentado en Jer.4:23-26 el profeta no necesita describir la crudeza del asedio para que sus contemporáneos comprendan el mensaje. El resultado es la muerte, la anti-creación.

Este texto también nos ofrece algunas pistas para analizar la forma en que la acción humana puede activar el mecanismo de reverse mode e iniciar un proceso de anti-creación en el que la guerra es el ejemplo paradigmático, pero no el único. En el versículo 25 Jeremías observa el paisaje, y la visión le devuelve un panorama desolador, sin presencia humana y sin aves en el cielo; se sugiere una imagen estática, sin movimiento.

Para quien habita el espacio rural, las aves son un elemento que imprime dinamismo al paisaje; su comportamiento acompaña el ritmo del día, operando como un ‘reloj natural’ que enmarca los ciclos circadianos y la rutina laboral. Asimismo, la observación de algunas especies permite adelantar o comprender ciertos fenómenos, los cambios de estación y las variaciones ecosistémicas que podrían afectar un cultivo. Algunas aves son sensibles a las variaciones ambientales, existen especies más vulnerables frente a la pérdida de su hábitat, y otras más adaptables. Para el observador atento, los cambios en el comportamiento y variabilidad de especies permite ‘leer’ el presente y proyectar acciones.18

Pero en Jer.4:25 “las aves del cielo se han ido”; tal como anuncian otros profetas (Sof.1:3, Os.4:3), y se reitera en Jer.9:10. Las especies que servían para leer las señales del presente huyeron. Para la sensibilidad rural esa ausencia absoluta es como un reloj que se detiene, es una pérdida en la percepción de la temporalidad y de los ciclos naturales. En este texto la ausencia de aves es un signo de vacío y anti-creación.

En nuestro contexto, la desaparición de algunas especies indica cambios ecosistémicos en los que la actividad humana tiene una responsabilidad. En algunas regiones del país, las tierras cultivables se extienden hasta la vera de los arroyos, eliminando el último bastión de los ecosistemas silvestres que aún existen: el monte ribereño, refugio de biodiversidad, vital para la regulación hídrica y el control de la erosión. Eugenia -oriunda de Santo Domingo Soriano, una localidad cercana a Dolores- contó una vez sobre el contraste que notaba entre esa zona en tiempos de su niñez y la actualidad:

-Hay lugares de Soriano donde ya no hay pájaros. No es que hay pocos, directamente no hay…

Este recuerdo parece levantar las cejas a la visión de Jeremías, que anticipaba para Judá un campo despoblado y un cielo sin aves. En muchas zonas de nuestro continente, la producción orientada por el agronegocio no solo ha avanzado sobre el monte autóctono y otras reservas de biodiversidad; también ha empobrecido el suelo cultivado. La aplicación abusiva de fertilizantes y especialmente de plaguicidas impacta sobre la población de insectos, arácnidos, lombrices -alimento de muchas aves-, además de hongos, bacterias y otros microorganismos del suelo, benéficos para el equilibrio ecosistémico.

En otra conversación, Felipe contaba sobre el campo en el que reside y trabaja junto a su familia, en la zona de Agraciada. Se trata de un predio en el que inicialmente habían trabajado de forma convencional. Pero aquí el valor asignado a la observación atenta y el hecho de vivir en el mismo predio los llevó a constatar algunas situaciones que no parecían lógicas. Sembraban soja y hacían las aplicaciones indicadas. La soja crecía bien, parecía sana, pero a Felipe le sorprendía el contraste con otros espacios donde no habían hecho aplicaciones:

Entonces me di cuenta de que en la soja no volaba ni una mosca. No había insectos, ni aves, nada. Nos dimos cuenta de que estábamos matando todo”.19

En Cosmopolita, Raúl decía que para él agroecología era un camino que le devolvía la observación como una práctica olvidada. El modelo convencional de ganadería y la mecanización de los procesos del tambo, con su énfasis en la eficiencia y la aplicación de recetas universales, exime al productor de la necesidad de observar, analizar y compartir experiencias. La agroecología, en cambio, apuesta a la contemplación como fuente de conocimiento, aprendizaje y reflexión. En aquella conversación Raúl se definía como “una persona solitaria”, porque disfrutaba ese tiempo en que podía estar plenamente en el campo, con todos los sentidos. Me pregunto entonces si detrás de esa idea de soledad no opera algo diferente, que no es el vacío de la anti-creación, sino más bien la sensación de comunión, con las aves, el viento, la humedad del suelo, la música y el viento. Es contemplación.

Otro elemento interesante que aparece en la visión de anti-creación es la imagen del campo vuelto desierto (v.26). En el texto hebreo, el término hakkarmel refiere a un huerto o vergel, un lugar de abundancia y fertilidad. El mismo término también se utilizaba para referirse al grano tierno y maduro, y por extensión surge como nombre propio para designar a una zona en el Hebrón, relativamente cercana a Jerusalén, de importancia por su producción agrícola. Además, en Carmel existía un manantial de agua dulce que daba a la zona un valor estratégico.20 En la visión de Jeremías, el campo fértil es una referencia genérica y a la vez específica. Es el espacio productivo, la tierra fértil, el campo habitado, pero también puede ser un territorio bien identificable cuyos frutos abastecen las ciudades circundantes. Hakkarmel es el jardín de Judá en Hebrón, fuente de alimentos y agua. Pero también puede ser interpretado como la tierra prometida en sentido amplio, la “tierra de abundancia”(‘éretz hakkarmel) en la que YHWH introdujo a su pueblo, tal como Jeremías recuerda en 2:7.

En cualquiera de las posibles acepciones, el relato de la anti-creación ve a hakkarmel convertido en desierto. La destrucción se interpreta como efecto de la ira de YHWH (un elemento persistente en la tradición profética), pero el escenario se asocia con el embate de la guerra, que arrasa con animales y cultivos, vuelve estéril la tierra y asedia las ciudades. En las estrategias bélicas de la época, el sitio a las ciudades y el ataque a los cultivos circundantes eran dos prácticas frecuentes de los ejércitos invasores, que atentaban contra las bases productivas y cortaban las vías de suministro con que podía contar la resistencia. En la visión de Jeremías, la destrucción del campo y de la ciudad muestra esa relación de interdependencia, de dos espacios productivos que se necesitan mutuamente.

Mauricio contaba que como estudiante de Agronomía había podido comprender desde una mirada técnica las características de un problema que su familia ya había constatado: la degradación de los suelos, que pierden estructura y se desgastan por la presión ejercida por ciertas prácticas agropecuarias. Mauricio imagina el campo familiar, esa tierra que es heredad porque ha circulado entre varias generaciones, en la que se acumulan experiencias y saberes, pero que también puede verse cansada, desgastada o herida. Siente que tiene responsabilidad sobre esa tierra, su hakkarmel. Por eso, desde el saber técnico, Mauricio siente que puede aportar a un proyecto que es resultado de una decisión familiar, muy meditada, que no ofrece soluciones mágicas ni recetas de éxito.

Beatriz y Horacio dicen ser conscientes de habitar una contradicción. El camino emprendido no los saca de ese cruce de caminos, de esa disyuntiva, de la tensión entre un modelo hegemónico y un horizonte incierto. La agroecología los pone en un lugar “de transición”, nada seguro, nunca definitivo. Jugando con el concepto teológico de conversión, la transición a la agroecología es un proceso complejo, de ensayo y error, de discusión, contraste, mañanas tristes y tardes de descubrimientos. Es, como el llamado profético a la conversión, un cambio en la mirada, un retorno a una relación simbiótica y equilibrada, en la que Dios, Tierra y Pueblo son las tres partes de un todo en interdependencia.21 En esa mirada, la idea de simbiosis reafirma un sentido de participación, de una divinidad que siente el dolor de la tierra, de un ser humano que celebra con Dios, de una tierra que comparte sus frutos para que todas las especies vivan.

UN ÚLTIMO CANTO: PROFETA, ¿YO?

Dice mi padre que ya llegará

desde el fondo del tiempo otro tiempo

y me dice que el sol brillará

sobre un pueblo que él sueña

labrando su verde solar.

(“Adagio en mi país”, de Alfredo Zitarrosa)

El texto de Jeremías muestra una visión sobrecogedora, que puede inmovilizar si la ponemos en contraste con las problemáticas del presente. Jeremías anuncia una catástrofe inminente. No es un oráculo para la siguiente generación, es la visión del tiempo inmediato, del asedio, la guerra y la deportación.

Pero Jeremías no calla. No solo habla, también invita al pueblo a contar su parte. En una situación extrema, Jeremías exhorta a mujeres y varones a preparar lamentaciones y a cantarlas en sus casas y con sus vecinos (9:17-22). Cantar y contar, gritar si es necesario. No se trata de que Dios escuche el clamor, sino de recuperar la voz. En silencio, el sufrimiento que se experimenta puertas adentro no puede transformar nada. En silencio, las intuiciones no pueden ser confirmadas. En silencio, el malestar individual nunca descubrirá sus causas. Es necesario recuperar el poder movilizador de la lamentación.

Pero también es necesario recordar otra cara de la profecía. En el Antiguo Testamento, la tradición profética denuncia las iniquidades pero también anuncia el plan de Dios. En el texto que trabajamos, el relato de la anti-creación no alcanza un punto final. En una posible interpretación del v. 27, YHWH anuncia que el proceso no se completará: “la tierra será asolada, pero no la destruiré del todo”. En medio del absurdo de la destrucción, hay señales que dan cuenta de otras posibilidades. Esas señales también habitan nuestro presente.

Hoy vivimos un tiempo signado por la idolatría del progreso, un dios que se reinventa y se disfraza de desarrollo, que cambia de carruaje y de celular. Pero el ídolo, por más que cambie de vestimenta no puede ocultar el rastro de muerte que deja al pasar. La agroecología es un ejemplo más entre otros caminos que los pueblos pueden ensayar para recuperar las aves, la tierra y los saberes. Es una vía silenciosa, muy humilde, plena de testimonios.

Nadie sabe si el camino llevará a la concreción de lo anhelado. En la sensibilidad de lo rural la idea del horizonte es una buena imagen para hablar de transición y conversión. Experimentamos la contradicción, el grito de la tierra y el dolor de las entrañas. Lo observamos, lo conversamos, ensayamos estrategias, compartimos saberes. No marchamos sobre carros de guerra ni confiando en un progreso con ruido de motor. Vamos lentamente, nos detenemos a observar, así marchamos. No sabemos si llegaremos, pero sí vemos, a lo lejos, que allí junto al río, los pájaros están anidando.

Colonia, enero de 2023

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1 Un testimonio bíblico del alcance y poder de muerte que tienen las sequías puede encontrarse en Jer.14:1-6.

2 ASTUDILLO, Neddy, “Narrativas eco-teológicas para un planeta en código rojo” en: BEROS, D. y M. STRIZZI (Ed.), Manual Internacional de Ecodiaconía y Cuidado de la Creación, Bs.As., La Aurora, 2022, pp.57-67.

3 Según J. Torreblanca, el arreglo del libro es confuso y a veces no se discierne un patrón definido; también se advierte la mezcla de géneros y temas, con duplicaciones y desorden cronológico. Se trata de un libro cuyo proceso de composición es complejo y de larga duración, no de una obra escrita de una vez por un solo autor. TORREBLANCA, J., “Jeremías, T.M. Una búsqueda de estructuración global del texto canónico”. Tesis de doctorado en Teología (ISEDET, 2007), p.26-27.

4 Lundbom sitúa los vv.19-21 en el tiempo previo al asalto de Jerusalén por Nabucodonosor I (597 a.C), mientras que los vv.23-28 podrían situarse entre el 622 y el 605 a.C. Marjo Korpel afirma junto a Lundbom que el v. 22 es una “intrusión posterior”.

5 KORPEL, Marjo, “Who Is Speaking in Jeremiah 4:19-22? The Contribution of Unit Delimitation to an Old Problem”, en: Vetus Testamentum 59 (2009), pp.88-98.

6 Según Lundbom, el versículo 29 integra una misma unidad textual junto a los vv.30 y 31. Integramos este versículo por el impacto sensorial de la invasión y la guerra, que contrasta con la visión de vacío y desolación descrita en vv. 23-26.

7 En esta conversación participaron Horacio y Beatriz, sus hijos Nahir y Mauricio; Ana y su hermano Raúl. Las hijas de Ana -Belén y Milagros- juegan y dibujan, y cuando el tema les parece interesante también intervienen. La producción lechera es para ellos/as la fuente de ingresos central. Si bien su producción se vuelca a la agroindustria, la economía familiar mantiene algunas prácticas relacionadas a la producción para el consumo, como la horticultura, frutales o aves de corral.

8 OYHANTÇABAL, Gabriel, “Los tres campos en la cuestión agraria en Uruguay” en: Revista Nera Nº22 (2013), p.87. Usaremos aquí el término “(pequeño) productor familiar” porque es el que utilizaron las personas que participaron de las conversaciones a las que hacemos referencia.

9 BARRÁN, José Pedro y B. NAHUM, Historia rural del Uruguay moderno (t.V), Montevideo, Banda Oriental, 1977, pp.9-24.

10 OYHANTÇABAL, Gabriel, “Los dueños de la tierra (y de la renta) en Uruguay, 2000-2020 en: GEYMONAT, Juan, Los de arriba. Estudios sobre la riqueza en el Uruguay, Montevideo, FUCVAM-Enforma, 2021, pp.41-52

11 Otro ejemplo puede verse en Jer.25:34-38. Allí el profeta anuncia la ira de YHWH contra las naciones y sus autoridades, utilizando como imagen la figura de los pastores y los mayorales del rebaño, que serán degollados como simples ovejas.

12 LUNDBOM, Jack, Jeremiah 1-20 : A New Translation with Introduction and Commentary, New York-London, The Anchor Yale Bible, 1999, p.358.

13 WURST, Shirley, “Retrieving Earth’s Voice in Jeremiah: An annotated Voicing of Jeremiah 4” en: WURST, S. y Norman HABEL (ed.), Earth Story in the Psalms and the Prophets, London, Bloomsbury Publishing Plc, 2001, p.182.

14 Seminario de Agroecología “Producción sana, comunidad sana”, realizado en Centro Emmanuel el 6-7/5/2022, ponencia a cargo de la antropóloga Victoria Evia. Grabación completa en: https://centroemmanuel.org/noticias/agroecologia/2022/segundo-seminario-agroecologia-produccion-sana-comunidad-sana/ (fecha de consulta: 15/1/2023)

15 Términos populares. El primero es usado para referirse a un medio de fumigación terrestre, que se traslada sobre los cultivos y es conducido desde una cabina. El aguatero, en cambio, presta un servicio de apoyo, preparando el químico, cargándolo al mosquito y realizando luego los lavados y acondicionamiento del equipo.

16 LUNDBOM, op.cit., p.361.

17 La teoría más aceptada sobre Génesis 1 sitúa su redacción durante el exilio, un tiempo de mucho contacto con el pensamiento y los mitos de creación babilónicos. La evidente relación entre este texto y el de Jer.4:23-26 nos lleva a pensar que esa visión -situada antes de la caída de Jerusalén- podría haber sido enriquecida en forma ulterior, con elementos propios de la época exílica.

18 Un comunicado reciente de la agrupación Mujeres Rurales Canarias alertaba sobre la presencia de loras (Myiopsitta monachus monachus), cuya población se ha disparado causando estragos en cultivos. Este fenómeno es visto como efecto de la sequía, que disminuye la disponibilidad natural de alimentos y lleva a algunos animales a avanzar sobre los cultivos. (Carta a la opinión pública datada el 9/1/23)

19 Relato compartido durante jornada de presentación del proyecto de transición agroecológica en lechería, Centro Emmanuel, 27/9/2022.

20 No confundir Carmel con el monte Carmelo, ubicado más al norte.

21 WURST, Shirley, Op.cit., p.176-177.