Saludo de Navidad

Dios eligió lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte

1 Corintios 1:27

La Navidad no llega como consuelo fácil. Llega como pregunta. 

Llega cuando el mundo está cansado, cuando la tierra muestra señales de agotamiento, cuando los cuerpos (especialmente los más vulnerados) siguen sosteniendo una vida que otros desgastan. En ese escenario, Dios no irrumpe con poder, sino con fragilidad. No se instala en el centro, sino en los márgenes. No domina: se expone. 

Celebrar la Navidad es atrevernos a creer que allí, donde la vida parece mínima, sigue habiendo posibilidad de transformación. 

Este año, desde el Centro Emmanuel, caminamos junto a comunidades, jóvenes, mujeres, productoras y productores, aprendiendo que cuidar la vida no es un gesto neutro. Es una toma de posición. Es decir que no todo da lo mismo. Que no aceptamos como normal un mundo que sacrifica cuerpos y territorios en nombre del progreso. 

Hemos aprendido que la esperanza no es optimismo. Es resistencia cotidiana. Se hace en lo pequeño, en lo compartido, en la insistencia por sostener vínculos cuando el sistema empuja al descarte. Se hace cuando elegimos escuchar antes que imponer, cuidar antes que extraer, caminar juntas y juntos antes que salvarnos en soledad. 

Esta Navidad no queremos cerrar el año con certezas, sino con compromiso. 
No con respuestas rápidas, sino con disponibilidad. 
No con promesas vacías, sino con prácticas que defiendan la vida. 

Qué el Dios que nace sin garantías nos vuelva inquietas e inquietos. 
Qué nos desacomode lo suficiente como para no acostumbrarnos a la injusticia. 
Y qué el año que comienza nos encuentre caminando, una vez más, del lado de la vida. 

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