El Equipo de Ecoteología del Centro Emmanuel se hizo presente en la Asamblea Sinodal de la Iglesia Evangélica Valdense del Río de la Plata, mediante una actividad que buscó amenizar la velada del segundo día de sesión. Amenizar, que no es antónimo de reflexionar: el encuentro fue motivo de significación y reflexión sobre las formas del consumo de alimentos en nuestras sociedades, en nuestra cultura, y todos los agentes que participan a la hora de resolver ¿qué sabor me gusta más?

Comida, Comunidad y Comensalidad fue el título que enmarcó la propuesta-taller desarrollada en las instalaciones del Parque 17 de Febrero, donde se llevaba a cabo la Asamblea Sinodal Valdense. El Centro Emmanuel brindó unas deliciosas (al decir del público) hamburguesas de legumbres y verduras durante la cena, que sirvieron de puntapié inicial para comenzar a indagar sobre el conocimiento acerca de sabores, ingredientes, paladares. Tras diferentes momentos que incluyeron una cata-adivinanza de productos del Centro y un «plato estadístico» sobre ¿quién educó nuestros gustos?, se tuvo un cierre con la reinterpretación del relato bíblico de la multiplicación de los panes y los peces.

¿Qué hace a la comunidad? Seguramente la comensalidad está sentada al lado, compartiendo no solo la proximidad etimológica, sino la cercanía de sentido, sentido social: la mesa nos reúne, compartir la olla es compartir cultura. Y el llamado cristiano nos compromete a seguir brindando un lugar en la mesa a todas las personas, llamadas a encontrarse en comunión. Una comunión que no deja afuera a la Creación como un todo, una comunión que nos hace conscientes de los límites de la naturaleza y de la cada vez más urgente necesidad de practicar formas sostenibles de consumo.


La multiplicación de los panes, los peces y los sabores

Relato a partir de Marcos 6:30-44

Quien más, quien menos, tenemos una idea de lo que pasó aquella vez en la que Jesús se encontró de golpe con una multitud. Había buscado un lugar apartado para descansar, y en lugar de eso se encontró con un gentío. Jesús enseñaba y la gente se quedaba, nadie quería irse. Y al caer la tarde aparece la pregunta obvia: No se quieren ir… Deciles que  vayan a sus casas… Si no, ¿qué van a comer?

Se han vertido ríos de tinta para reflexionar sobre ese episodio. Le pusieron distintos nombres, diferentes interpretaciones. Algunos hablan de la multiplicación de peces y panes, otros de la alimentación de la multitud. Casi siempre el centro del milagro está puesto en lo que hace Jesús: preguntar qué hay, organizar a las personas, dar gracias por la comida… y comer. ¡Milagro!

Nosotros también podríamos ensayar teorías que expliquen lo que ocurrió. Pero imaginemos el otro milagro, el milagro dentro del milagro. El milagro de estar sentados en el pasto compartiendo una comida y todo lo que viene junto con ello. El milagro que podríamos vivir todos los días si dejáramos de obsesionarnos por comprender lo que pasa y nos dejáramos llevar por la magia de la comida compartida.

Imaginemos… Imaginemos el cansancio de la gente que se amuchó ese día. Pensemos en la caminata, en el calor de la tarde, en la boca empastada de quien anduvo largo rato y no probó un sorbo de agua. Hoy tendríamos que pensar en gente aplastada por la sequía, que se ha quedado sin pasto para sus pocas ovejas o que se apiña en los pozos en los que todavía queda agua. Gente que anda “como ovejas sin pastor”; sedientas, cansadas, hambrientas. Qué paradoja la de la sed, cuando el rey está en fiesta derramando su vino y la sangre de otros.

Volvamos al desorden de esa multitud. ¿Se imaginan? Pensemos en el griterío de los gurises, que corretean y se pierden de vista, y tiene que salir el papá a buscarlo y a gritar el nombre, y se empieza a pasar la voz hasta que un pariente lo reconoce y agita las manos para que lo vean. Pensemos en gente que no tiene mucho para perder, que empezó a caminar movida por un rumor, que llegó hasta ahí, y bueno… Ya veremos.

Imaginen que esa gente, esa masa sin orden ni forma empieza de a poco a sentarse en círculos, en grupos. Miren cómo lentamente se organizan, y al sentarse ven mejor. Ya no está la señora grandota ni ese muchacho a caballito del señor que obstruyen la visión. ¡Entonces ven! Ven a Jesús dando gracias por la comida, partiendo el pan, haciendo algo que parecería absurdo cuando tan poco hay.

En la escuela bíblica, solemos pedirle a lxs niñxs que dibujen los panes y los peces de aquella vez. Curiosamente, casi siempre dibujan pancitos iguales y peces idénticos. Les decimos multiplicación y ellos piensan en clonación. Son peces que parecen calcados. Pero… ¿y si esos cinco panes y dos peces venían de manos diferentes? ¿serían iguales? ¿y si la gente también sumó algo? ¿Y si otras cosas fueron apareciendo? ¿Habrían sido todos los peces iguales, pescados de la misma manera? ¿Todos los panes tenían la misma receta, forma y sabor? Seguro alguien habrá sumado unos dátiles, un poco de queso, un fondo de vino o unos higos secos. ¿Habrán intercambiado recetas? ¿Qué historias se contaron?

Me juego, con mente, estómago y corazón, que esa vez el milagro no fue el de unos panes y peces clonados. El milagro en sentido amplio, fue el de la gente reunida conversando, comiendo y charlando, conociéndose y cocinando historias.  Me gusta imaginar que en esas mesas improvisadas sobre el pasto, la gente comió y la comida la acercó. Me gusta pensar que, si al llegar andaban como extraviados, al volver a casa llevaron mucho más que la sensación de una panza llena.

Está bueno recordar que el milagro de Jesús no fue una tarea de mago multiplicador. Fue algo en lo que todas las personas tuvieron parte. Ningún título haría justicia a un gesto tan grande. Es el milagro de panes y peces, de dátiles, higos y pasas, de fondos de vino y de canción; de rondas, juegos de palabras; de niños que corren, señoras que recuerdan, segundas rondas y vuelta a contar. Es el milagro de la gente que se mira y de las historias que se acercan. Es el milagro de las comidas que devuelven el alma,  y que invitan a cocinar de vuelta.

Por eso, hoy y mañana, cuando nos sintamos extraviados, cuando alguien pregunte por qué falta tanto cuando parecía sobrar, si algún día escuchás la queja, por comunidades vacías o lugares que dejaron de ser. Acordate del milagro, no de Jesús multiplicando, sino de la gente comiendo y conversando. Quién te dice, si en este presente algo ingrato, la cocina y la mesa no es lugar para otro milagro.